El poco constructivo hábito de la queja

Si hay algo para lo cual han sido buenos mis últimos días, es para fomentar la queja. Tuve todas las oportunidades y las excusas, incesantemente durante más de una semana, un suceso tras otro. Y fue tentador… llegó un punto en el que mi estado era mucho menos que zen, y estaba de un humor terrible.

despertar al ser avatar

En estos momentos podría estar quejándome de que no me funciona el editor de imágenes. Pero no señor, pongo el ávatar, y listo.

La realidad es que podría haber dejado que mi ego se aproveche de estos momentos para sentirse víctima y golpearse el pecho, pero no hay justificación tan grande como para alimentar el hábito de la queja, y si bien tuve mis oportunidades para “ventilar” las frustraciones y malestares (y lo hice, porque era mejor que explotar), dejé que pasen como momentos fugaces y, una vez movilizada la energía, traté de buscar soluciones en lugar de problemas (y no digo que no me costó).

Llega un punto en el que incluso es muy productivo dejar de buscar la solución, sencillamente parar y dedicar nuestro tiempo a algo que nos haga sentir en un estado centrado y de bienestar. De nada sirve seguir buscando “soluciones” estando de mal humor, sólo encontraremos más motivos para la queja (que nuestro propio estado vibratorio atrae en nuestra dirección), por lo que nunca está desperdiciado el momento que nos permite volver al centro de nuestro ser.

Aprovecho para compartir esto ya que es muy usual encontrarse con que como seres humanos somos criaturas bastante quejosas. Siempre encontramos un motivo para el refunfuño, lo que nos lleva en una espiral de mal humor. Nunca nos ponemos a pensar que mientras más energía invertimos en el asunto, más estamos alimentando esa situación, sólo caemos en la indulgencia de quejarnos y ver lo negativo, negándonos rotundamente a cambiar de perspectiva.

En consulta puedo ver que la queja es algo de todos los días, porque todos podemos encontrar razones para quejarnos y cuando tenemos problemas siempre hay alguien a quien apuntar con el dedo, aparte de a nosotros mismos. Cuando no es el gobierno, es el clima, o el vecino, o la pareja, o el jefe, o la vida, o Dios… es lo mismo.

Pero si observamos atentamente la conducta de los maestros espirituales, que los hay de todas medidas y colores, y para todos los gustos, TODOS coinciden en la misma conducta: NINGUNO DE ELLOS SE QUEJA… NUNCA. El maestro sabe que crea con sus pensamientos, palabras y acciones, y por eso muchos dicen que los maestros sufren en silencio. Para mí esto no es necesariamente así, sino que sienten malestar y dolor como todos los mortales, pero no lo sufren, sino que sencillamente lo experimentan. Sufrir implica algún tipo de resistencia y el maestro no se resiste… y por eso no se queja, porque no desperdicia su energía en conductas vanas.

Lejísimos de ser un maestro, aquí estoy yo recordando mi propia lección acerca de la queja, y puedo aseverar que es posible sortear los obstáculos del día a día sin quejarse. ¿Podemos ventilar nuestras frustraciones? Yo creo que sí, pero también creo que es un momento en el que tenemos que tomar consciencia de la catarsis que estamos teniendo, de lo necesaria que nos resulta en ese momento… para después dejar ir toda esa energía, y comenzar a enfocarse en otra cosa, porque no se arregla nada pensando en problemas, se arregla pensando en soluciones.

Cuando hacemos un hábito de la queja se vuelve una actitud y una manera de expresarse, por lo que  pierde su efecto catártico. Podemos poner cada cosa en su lugar y dejar a la queja donde debe estar, una herramienta esporádica que utilizamos para movilizar energía, mientras nos dedicamos concienzudamente a invertir energía en actitudes más constructivas, como tener motivos para estar de buen humor.

Tantas maneras hay de ponernos de buen humor que no hago justicia con estos meros ejemplos, pero algo tan sencillo como tomarse unos momentos para respirar, salir a dar un paseo, hacer un poco de ejercicio, mirar unos videos de perros que no se quieren bañar en Youtube, cocinar algo rico o compartir un momento con un ser querido. Y en unos pocos momentos, nos acordamos de quienes somos, y de que no necesitamos perder nuestra paz por los asuntos de “la Matrix”.

Espero que mis momentos de locura le sirvan a alguien para recobrar su cordura. Namasté.

 

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